Ay, Oviedo. Esa ciudad en la que sus gobernantes municipales miran los planos urbanísticos con la misma destreza con la que un mono descifra un manual de física cuántica. Lo de este ayuntamiento no es incompetencia ordinaria; es ya una categoría artística, un género propio que mezcla el vodevil, el esperpento y la cabezonería más cateto-provinciana.
El último episodio de esta serie sin fin nos lleva directitos a Cerdeño, donde la multinacional del imperio de Juan Roig, Mercadona, decidió plantar uno de sus característicos colosos comerciales. Una inversión millonaria que prometía repartir estanterías y tickets de compra, pero que ha acabado convirtiéndose en un chiste de dimensiones geológicas gracias a las geniales manos de nuestros munícipes.
Del "¡Obras van!" al "¡Virgencita, que me quede como estoy!"
Todo empezó con la alegría propia de quien inaugura hasta una baldosa mal puesta. Las máquinas entraron a destajo, el cemento empezó a correr y los seis millones de euros previstos para el supermercado parecían una realidad tan sólida como el suelo... o eso creían ellos.
Porque claro, apareció la realidad por la puerta de atrás. Resulta que, según denunciaron en su día los vecinos y la propia Comisión de Urbanismo, en esos terrenos solo se podían construir viviendas unifamiliares. Un pequeño y entrañable detalle legal que las brillantes luces de Urbanismo del Ayuntamiento de Oviedo decidieron obviar con la elegancia del que aparca en doble fila porque "es solo un momento".
¿La consecuencia? El Principado de Asturias emitió un informe más negro que el carbón de un pozo abandonado, advirtiendo de que la licencia y el permiso de obra eran tan irregulares que rozaban el esperpento jurídico. Menudo panorama: obras avanzadas y la sombra de una paralización que huele a indemnización millonaria y a querella contra el ayuntamiento por parte de una empresa que no se caracteriza precisamente por regalar los cuartos.
El ayuntamiento se aplaude a mismo: "Aquí no pasa nada"
Ante semejante desaguisado, cualquier gestor con un ápice de decencia política (sé que estoy pidiendo peras al olmo) habría pedido disculpas y abierto una investigación interna. Pero en Oviedo jugamos en otra liga. ¿Qué hizo el consistorio? Pues archivar el expediente por la vía rápida y avalar la licencia de construcción, quedándose más anchos que largos bajo el peregrino argumento de que no existía "lesividad para el interés público".
Claro que sí, hombre. Saltar por alto la normativa urbanística y poner alfombra roja a un galimatías legal que puede costarle un dineral a las arcas públicas es mirar por el bien de los ovetenses. Faltaría más. El Ayuntamiento de Oviedo se cubre de gloria él solito, demostrando que su seguridad jurídica es tan firme como un castillo de naipes en medio de un temporal en el Naranco.
Mientras tanto, el Principado se lo piensa y estudia seriamente impugnar el permiso, y la oposición asiste al espectáculo frotándose las manos ante la inmensa incompetencia del equipo de gobierno.
Del cajón de sastre a las sombras de la sospecha
Por si el esperpento técnico y el cachondeo administrativo fuesen pocos, la cosa ha escalado a cotas de sainete negro con la llegada de nuevas denuncias que apuntan directamente a posibles delitos de corrupción urbanística y tráfico de influencias en la concesión del codiciado permiso. Ante este nuevo escrito presentado en el consistorio —que menciona con nombres y apellidos a personas y entidades del mundillo municipal—, al PSOE no le ha quedado otra que exigir una investigación a fondo, mientras el equipo de gobierno se esconde tras sus habituales silencios cómplices y balones fuera. Excusas de mal pagador para tapar un lodazal donde las licencias se firman con alegría y los indicios de chanchullo flotan en el ambiente como el humo en un chigre.
El legado del cemento y el despropósito
Al final, los vecinos de Cerdeño con cara de póker, Mercadona rumiando su enfado, el Principado cabreado y el Ayuntamiento de Oviedo haciendo oídos sordos mientras firman papeles sin mirar. Un bucle infinito donde el ladrillo y el disparate van de la mano.
Así que tranquilos, ovetenses. No sufran por el futuro urbanístico de la ciudad. Mientras haya un concejal dispuesto a firmar lo indecible y a echarnos la culpa a los demás de sus propias chapuzas, el circo continuará abierto. Eso sí, las entradas las pagamos nosotros de nuestro bolsillo.
