Hollywood siempre ha tenido una relación complicada con la "veracidad". Nos venden epopeyas, héroes invencibles y, de vez en cuando, un poquito de crueldad animal gratuita porque, ya sabes, ¡es cine!
Si alguna vez has visto La carga de la Brigada Ligera (1936) y has pensado: "Vaya, qué real se ven esas caídas de caballos", enhorabuena: tu ojo clínico tiene razón. Y no es porque fueran maestros de los efectos especiales, sino porque decidieron que era más barato romper las patas de unos cuantos animales que invertir en tecnología.
El método "Curtiz": Si no se rompe, no es cine
El director Michael Curtiz tenía una visión muy particular de la producción: si la escena requiere una caída impactante, tiramos al caballo y punto. ¿El resultado? Unos 25 caballos muertos o sacrificados en el set, todo por el bien del arte y de que la escena quedara "épica".
Pero aquí es donde entra Errol Flynn (excelente jinete y amante de los caballos), nuestro apuesto protagonista. Flynn, que probablemente estaba más unido a su caballo que a la mitad de sus coprotagonistas, no se tomó nada bien la carnicería. Según cuentan las crónicas, Flynn —un hombre que no destacaba precisamente por su temperamento pacífico— decidió que la mejor forma de dar dirección de actores era lanzándole un par de golpes a Curtiz, tuvieron que separarlos para que la cosa no pasara a mayores, muchos caballos no estuvieron de acuerdo.
El nacimiento de la conciencia (o al menos de las leyes)
Lo más gracioso —por decir algo— es que Flynn, además de intentar resolver el conflicto a puñetazos, hizo lo que cualquier estrella de cine con agenda oculta haría: llamar a la ASPCA para denunciar el desastre.
El escándalo fue tal que el Congreso de EE. UU. tuvo que intervenir. Sí, leíste bien: hicieron falta caballos muertos en pantalla para que a alguien en Washington se le ocurriera que, quizás, deberíamos tener una ley para no masacrar animales en nombre del entretenimiento.
El legado: "Ningún animal fue dañado"
Gracias a este pequeño desastre, hoy en día vemos esas famosas letritas al final de los créditos que nos aseguran que "ningún animal fue dañado". Un recordatorio cínico de que, sin la violencia extrema de los años 30, probablemente seguiríamos viendo escenas de acción basadas en el "cuántos extras animales podemos arruinar hoy".
Así que la próxima vez que veas una película épica y te maravilles con la logística de la batalla, recuerda: hace menos de un siglo, Hollywood consideraba que el guion valía mucho más que la vida de cualquier criatura con cuatro patas.

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