La Primera Guerra Mundial fue un desastre absoluto, pero si buscas el premio a la "escena más gore que ni a Hollywood se le ocurriría", la Batalla de Osowiec (1915) se lleva la palma. Preparen el estómago, porque esto no es una lección de historia de las de quedarse dormido.
Atascados ante la fortaleza de Osowiec los alemanes dejaron de lado la caballerosidad y lanzaron una mezcla de gas cloro y bromo. Básicamente, una nube verde que convertía todo lo que tocaba en un escenario de película postapocalíptica: la hierba se ponía negra, los pájaros caían fritos y el metal se oxidaba.
¿Y los rusos? Bueno, no tenían máscaras de gas. Su avanzada tecnología de defensa consistía en mojar sus camisetas en agua (o en su propia orina, para darle más sabor) y amarrárselas a la cara. Spoiler: no funcionó muy bien.
Creyendo que ya solo quedaba recoger los restos, 7,000 soldados alemanes avanzaron tan tranquilos, esperando encontrar una fortaleza llena de cadáveres silenciosos. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando, de entre la niebla tóxica, aparecieron unos 60 rusos del 226.º Regimiento Zemlyansky que se negaban a morir educadamente. Estaban camuflados entre los cadáveres y se levantaron cuando entraron los alemanes.
Su aspecto era un poema (de terror):
Piel quemada y llena de ampollas químicas.
Trapos ensangrentados en la cara.
Escupiendo literalmente trozos de sus propios pulmones mientras cargaban, porque el gas les estaba disolviendo las entrañas.
Imagínate que eres un soldado alemán: esperas un paseo militar y, de repente, una horda de tíos que parecen salidos de The Walking Dead sale corriendo hacia ti con bayonetas, gritando y escupiendo vísceras.
¿Qué hicieron los 7,000 alemanes ante estos 60 "muertos vivientes"? Pues lo lógico: entrar en pánico total. Salieron corriendo tan rápido que muchos se quedaron enredados en sus propias trampas de alambre de espino. Mientras tanto, los rusos, que no estaban para muchas bromas, usaron los pocos cañones que les quedaban para terminar de despedir a los invitados.
Conclusión: Nunca subestimes a un ruso que ha tenido que usar su propia orina como filtro de aire. No tiene absolutamente nada que perder.
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